Viaje de Egeria. El primer relato de una viajera hispana.

Lee un avance de la reseña de Ricardo Martínez Llorca

Las pasiones son las mismas, aunque lo cambien sean las vestiduras. En una época en que la celebración máxima de religiosidad cristiana era volverse eremita, el rezo y la austeridad en un lugar, inmóvil, una mujer emprendió un viaje hacia oriente. No había ánimo de mercado en el grupo que, según deducimos de sus escritos, ella lideraba en buena medida. Su pasión era el viaje, el gozo, el mismo gozo que vivió Moisés y las doce tribus, desde Egipto hasta Mesopotamia. Corre el siglo IV bajo la Pax Romana, esa que respetaba tradiciones, pero cobraba impuestos. En apenas algunos lugares, serán los cuarteles romanos y sus soldados quienes les aseguren en un viaje que no carece de peligros. El primero, el de no poseer ningún mapa, sino una brújula que se llama Antiguo Testamento. Egeria, la protagonista de esta pasión, está convencida de que ardió la zarza y las cenizas todavía se mantienen allí, donde Dios habló a Moisés. Todo lo que visita, demuestra que el relato del Antiguo Testamento no es una fantasía. No cesa de hallar pruebas, custodiadas por monjes o algún cristiano, alguno de los pocos cristianos que habitan en ciertas regiones orientales, siempre respetados por los gentiles. En el relato, la palabra gentil, una muestra de humildad de Egeria y de respeto hacia quienes no profesan su fe, cobra una bondad que caerá tiempo más tarde, en la época de las Cruzadas y los Borgia.

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